Entrevista para revista Time Out

En esta muestra en galería Vértigo aparece mucho el tema de la infancia, ¿qué aspectos de esta etapa te interesan?
Siempre he tenido gran atracción por lo infantil, especialmente por el dibujo y los juguetes. Me agrada trabajar con estos materiales tan espontáneos, tan extraños y a la vez absurdos. Me recuerda siempre esa parte lúdica y desenfadada de la niñez. Además que tengo la afición de coleccionar juguetes y utilizarlos como modelos.

¿Cómo fue tu infancia y la relación con el arte?
Mi infancia estuvo llena de sucesos cargados de sonidos de motor y música de marimba. Crecí en un taller mecánico donde jugaba a dibujar con grasa y a hacer esculturas de tornillos y fierros. Un día descubrí las imágenes que ilustraban las enciclopedias de pintores famosos como Picasso y Rembrandt. Eran imágenes que me atraían por el paisaje, el realismo o lo dramático en los trazos.

Con ellas realizaba un rústico collage con estampitas de luchadores, superhéroes y seres de caricatura, para después dibujar, intentando articular alguna especie de historia ficticia. Basándome en este pequeño gesto de recuerdo, surgió la idea actual de transmutarla a la pintura.

Mencionas la relación con el cuento cuando pintas
Llevamos varios años coqueteándonos. Básicamente trato de estructurar una secuencia; pienso siempre en la narración, la historia detrás de las imágenes. Una especie de cortometraje estático. Yo simplemente selecciono, dirijo a los personajes y reacciono por medio de la pintura. Es el medio que me permite protestar, reflexionar acerca de mi entorno y de mi paso sobre este planeta.

¿Te estás contando una historia?
Hablo un poco de personajes porque, como pintor, asumo diferentes personalidades e interactúo con los elementos que hay en la narrativa pictórica. Es como penetrar en un mundo que sólo observas en tu imaginación y que se materializa al pintarlo. Bien pudiera ser un antropólogo aventurero o un pepenador de imágenes en busca de escenarios para habitar un cuadro y vivir la historia.

¿Qué tan difícil ha sido abrirte camino en la escena actual del arte en México?
Ha sido bastante difícil y complejo. En el sur del país es un poco limitado, no existe una infraestructura o un mercado del arte formal que proyecte a otras escalas el trabajo de los creadores en el estado (de Chiapas), pero radicar en el sur me ha ayudado a concentrarme en el proceso creativo. Afortunadamente existe Internet.

¿Qué cosas te inspiraron para estructurar esta serie?
La nostalgia fue la principal causa de llevarla a cabo. Creo que muchas veces me atrapan las ganas de escarbar en el pasado. Aunque considero que el pintor tiene la facultad de un viajero del tiempo: toma imágenes del pasado y las trae al presente para planear un futuro imaginario. Al hacer el pasado como parte del proceso te ayuda a situar elementos que creías perdidos u olvidados.

También creí importante el interés de experimentar con otro tratamiento pictórico que exigía una serie de riesgos y lógicamente otros resultados. Cuando alguien me pregunta cómo es mi pintura, generalmente no sé cómo explicarla; es como hacer mi propio cuento.

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